Nocturno insomne

Desde antiguo la muerte y el sueño han sido considerado hermano, quizás por eso escribo esta entrada ahora, en una noche de tinieblas, las tinieblas… yo tenía un maestro y me lo arrebataron las tinieblas, decía Depardieu, mientras interpretaba a Marin Marais en Todas las mañanas del mundo, mañanas todas que se pueden condensar en esa mañana en que ambos contemplamos el amanecer eterno en las ojeras de la Macarena, cuando ya embocan sus ojeras cansadas el camino de la calle Feria, esperando que el sol salga tan brillante como si ninguna desgracia hubiera ocurrido en la noche, esas noches frías de invierno, tan frías como aquellas en que ambos, en la misma estancia habíamos vestido el negro ruan que un día nos amortajará, a ti por desgracia antes que a mí, y con el que acompañábamos al mismo Dios en distintas advocaciones, y parece que yo elegí acertadamente porque esto se me está pareciendo mucho a un calvario, y en la mirada de este Cristo muerto veo tu pupila cuando dormitas en esa borrachera proporcionada por innumerables tubos que parecen sostenerte de la misma forma que el blanco sudario sostiene el cuerpo grávido del Cristo de la Quinta Angustia, que tantas veces he visto por el rabillo del ojo mientras me dirigía a la oscuridad  y el frío de la noche en que se cantaba de antiguo el oficio de tinieblas vestido con negro hábito y ceñidos los lomos con ancho cinturón de esparto, surcando las calles, derramando por algunas de ellas la negra cera, sobre la que tú, precediéndome, habías derramado, en muchas cosas me precedes, en años, en sabiduría, en nobleza, así también la Virgen del Valle me precede y ahora entenderé en su justa medida las lagrimas que encharcan las calles que inmediatamente después pisaré, aún recuerdo esa oscura y fría noche en que recitaste el romance del emplazado, sin saber que hoy también lo eres tú y que idénticas cicutas y ortigas nacerán de tu costado, la noche, siempre la noche, la noche oscura del alma, la noche, esa noche sosegada en par de los levantes de la aurora, como dijo San Juan de la Cruz, sobre cuyo manuscrito tantas veces rezongué hasta tener otro igual, ahora yo, como el pastorcico, solo, estoy penando ajeno de placer y de contento en esta noche en que, como Molly Bloom, devano este monólogo descubriendo su poder balsámico, creyendo así que como a Penelope a mí me sucederá tu retorno.

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2 comentarios

  1. Querido amigo: en la tiniebla siempre hay una luz salvadora. Dios se hace niño esta noche y su luz nos alumbra en la oscuridad. Qué Él os proteja.
    Un fuerte abrazo

  2. ay Fran, le has dado letras a mis sentimientos.

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